Coplas de Colibrí quebrado.

I
Me han quitado el limonero,
y me han dejado de recuerdo
los limones.
Es el tiempo traicionero
quien me roba en desacuerdo,
sus sabores.
No negaré ningún hecho
a los jueces que me acusen
con razones,
si en mi cadáver maltrecho
los gusanos solo comen
mis cojones.
II
Dejadme a mí las palabras
y el lamento, y los juicios
y perdones.
Que en esta etapa macabra,
resuenen en mi solsticio
los pendones
de esas últimas trompetas
que acontecen, sine qua non,
al gran juicio.
Y someten las facetas
del que ha cambiado su canon
por desquicio.
III
Cuanto tiempo ha de pasar,
cuanto tiempo ya ha pasado.
Y aun persiste
la retorcida voluntad
de aquél que nada ha ganado
y aún resiste
la incólume tempestad
y el albedrío desdichado
que le embiste.
Y le ahoga la pupila
pues del llanto le hace preso.
Mas no es triste
el silencio que mutila
el recuerdo de los besos
que le diste.
Ignorante de su estado,
bajo un abrigo inseguro,
pues no siente
como se pierde el pasado,
como se pierde el futuro
y el presente.
IV
No somos qué, sino cómo.
Ni somos la voluntad,
sino el acto.
Y actuamos como plomo
esclavos de gravedad
y de un pacto
ante al que nadie responde.
A quien le importe lo que haga,
poco importa.
Ya que el cosmos siempre esconde
que la vida no es tan larga,
ni tan corta.
V
Mi desencanto repose,
me transforme cual misántropo,
sin prejuicios.
Que Antes quebrarán los dioses
la estructura de mis átomos,
que mis principios.
Me construyo el andamiaje
desde los bordes al centro
del abismo.
Y no tengo miedo al viaje,
pues solo aguardo un reencuentro:
con mí mismo.

Pedazos

Solo soy una férrea estructura de ideas compuesta por frágiles pedazos de amor.

 

 

Aquí están los pedazos, de regreso al calor de la forja. Tupidos, caramelizados, vestidos con la fragancia de la desazón. Escondidos a la luz del día bajo la sombra de tu duda esquiva. Aquí están los pedazos. Enterrados con descaro desacierto, como el cofre de un pirata en el desierto, cual nenúfar posado en el pantano. Se sostienen suspendidos en el vacuo intermedio de una distancia interestelar, cosechados, uno a uno, noche a noche, del calor de tu ausencia en el lecho. Arrancados del incólume arrebato de la impaciencia. Tentando cada palmo de prosaica entrega. Aquí están los pedazos incansables, que una vez fueron uno. Rotos no, separados. Deconstruídos lentamente. Esperando.

Aquí están los pedazos. Custodiados por ángeles indemnes que pelean enfrascados en la lucha milenaria contra el devenir de los tiempos. Son los pétalos de la flor que deshojo a la vera de Caronte. Los pedazos son mi obsequio, mi pretérita ofrenda, mi apuesta contra el cosmos. Envuelta como un regalo con el papel mojado de mi piel sedienta. Son los diezmos de los dioses por el milagro de tu presencia. Son los pulmones que respiran tu existencia.  Son el contorno de tu cuerpo, las esquirlas de tu alma. Como escamas desprendidas del vello ya extinguido, que mudan y mudan y mudan. Como fragmentos escindidos de la luna. Como un reloj despiezado que mide cada segundo el tiempo de tu distancia. Aquí están mis pedazos.

Tu cariño es el nexo infuso, la argamasa que compila esta extraña arquitectura. La fragua donde se funden la calma y la agonía y dan sosiego y fortaleza a mis deudas y favores. Es la espada que cercena mis fantasmales pavores. Es la meta, la recompensa y la razón de mi existencia. Es el cordón visceral que me conecta al infinito.

 

Aquí están los pedazos, en este jardín desvencijado repleto de pasado y futuro. Son todo tuyos, para que los unas como juzgues oportuno.