Pedazos

Solo soy una férrea estructura de ideas compuesta por frágiles pedazos de amor.

 

 

Aquí están los pedazos, de regreso al calor de la forja. Tupidos, caramelizados, vestidos con la fragancia de la desazón. Escondidos a la luz del día bajo la sombra de tu duda esquiva. Aquí están los pedazos. Enterrados con descaro desacierto, como el cofre de un pirata en el desierto, cual nenúfar posado en el pantano. Se sostienen suspendidos en el vacuo intermedio de una distancia interestelar, cosechados, uno a uno, noche a noche, del calor de tu ausencia en el lecho. Arrancados del incólume arrebato de la impaciencia. Tentando cada palmo de prosaica entrega. Aquí están los pedazos incansables, que una vez fueron uno. Rotos no, separados. Deconstruídos lentamente. Esperando.

Aquí están los pedazos. Custodiados por ángeles indemnes que pelean enfrascados en la lucha milenaria contra el devenir de los tiempos. Son los pétalos de la flor que deshojo a la vera de Caronte. Los pedazos son mi obsequio, mi pretérita ofrenda, mi apuesta contra el cosmos. Envuelta como un regalo con el papel mojado de mi piel sedienta. Son los diezmos de los dioses por el milagro de tu presencia. Son los pulmones que respiran tu existencia.  Son el contorno de tu cuerpo, las esquirlas de tu alma. Como escamas desprendidas del vello ya extinguido, que mudan y mudan y mudan. Como fragmentos escindidos de la luna. Como un reloj despiezado que mide cada segundo el tiempo de tu distancia. Aquí están mis pedazos.

Tu cariño es el nexo infuso, la argamasa que compila esta extraña arquitectura. La fragua donde se funden la calma y la agonía y dan sosiego y fortaleza a mis deudas y favores. Es la espada que cercena mis fantasmales pavores. Es la meta, la recompensa y la razón de mi existencia. Es el cordón visceral que me conecta al infinito.

 

Aquí están los pedazos, en este jardín desvencijado repleto de pasado y futuro. Son todo tuyos, para que los unas como juzgues oportuno.

La egocracia

No era un emérito economista ni en su coloquial lenguaje podía descubrirse a un hombre culto y estudioso. No llevaba gafas de pasta ni su aspecto daba a entender que le preocupase mucho su aspecto. A tenor de todas las apariencias era un jubilado cuyo mayor crédito era su dilatada experiencia en eso del vivir. Apareció en el programa “Jugando a Banqueros” de Salvados por el único mérito de ser un cliente de la Caja de Ontivent, la única de dos cajas de ahorros que ahora mismo continúan siendo cajas de ahorros. Jordi Évole se dirigió a él y le preguntó que cómo habíamos acabado tan mal. Le contestó de una manera simple y sincera: porque todo el mundo va a lo suyo. Ya lo resumí en twitter antes de que emitieran programa (oh, distinguido profeta) y aprovecho la ocasión para desarrollarlo con mas caracteres.

El verdadero problema (que no la causa) de gran parte de los problemas de la sociedad, es que ésta es solo una mezcolanza de individuos cuya interrelación se mantiene en un frágil equilibrio. Como decía aquel anciano, todo el mundo va a lo suyo. Lo primero es uno mismo y después el resto. Parecemos incapaces de tomar una conciencia real del colectivo, del equiparar el “yo” y el “nosotros”. Por eso el individuo no es capaz de realizar inversiones a largo plazo cuyos beneficios recojan las generaciones posteriores, una falta de previsión que pone en grave peligro la supervivencia de nuestra especie. Por eso cuando en una discusión se reprochan y comentan los desfalcos y enchufes descarados de la clase política española, se disculpan diciendo: es que en su lugar harías lo mismo.

La alternativa no pasa por la dominancia del interés del procomún como promueve el utópico comunismo sino de hallar a través de la razón un equilibrio entre nuestra individualidad y nuestro papel en el colectivo, conscientes de que necesitamos satisfacer nuestras necesidades emocionales y materiales pero sin olvidar que todos nuestros actos tienen un impacto sobre todo lo demás. De la misma manera que en el universo los átomos forman materia que forman planetas que forman galaxias, las personas forman subconjuntos que a su vez integran otros subconjuntos y así hasta el finito desconocido. Me resulta muy irónico que las personas con ideologías basadas en la férrea e intransigente defensa de estos subconjuntos sociales, como la familia o la patria, sean precisamente las que luego practican o justifican la mas aberrantes y descaradas corrupciones políticas. O que la máxima de la religión mas profesada en el mundo “Ama al prójimo como te amas a ti mismo” sea una cita que se dice, pero no se hace.

Pero lo peor de todo es que creo que no se trata de un problema racional, de una decisión que por voluntad propia podamos tomar los individuos. Sino que forma parte de nuestra naturaleza innata, falacia hartamente esgrimida por los defensores del capitalismo. Muchos detractores del capitalismo abogan por argumentos como el que aquí expongo para sus criticas. Sin embargo incluso el capitalismo en su mas inmoral de sus aplicaciones es un sistema económico torpemente llevado a la práctica. Millones de personas mueren cada año en los países subdesarrollados, personas que no trabajan, que no producen, que no hinchan las arcas de aquellos que les abocan a la miseria. Por eso creo que el capitalismo no es mas que el reflejo de un conjunto de individuos que imponen su verdadero sistema basado en el YO. La egocracia.

Por otra parte y acabando con una inyección de optimismo, creo que son las habilidades sociales mas recientes que la evolución nos ha otorgado las que nos pueden permitir trabajar esa conciencia del colectivo que considero tan necesaria: La empatía, el raciocinio, el respeto, el amor.