No es lo que parece

Amo a la bicicleta como se ama a la mujer. Si la conoces, te puedes llegar a enamorar de ese compendio de virtudes y defectos que la hacen única y especial. Si ese amor es correspondido nace una relación en la que el uno no puede vivir sin el otro y se convierten en piezas indispensables para continuar con sus vidas. Todas son iguales, todas hacen lo mismo, pero al final siempre acabas germinando un aprecio singular por aquella con la que compartes la vida y de la que guardas tantas historias y buenos recuerdos.

Al igual que con las mujeres, hay varias bicicletas a lo largo de una vida. Unas son historias hermosas y placenteras. Otras son agrias y tristes. En ocasiones son duraderas relaciones y otras veces fue solo una tarde de fin de semana. Y como las mujeres, la primera siempre es especial. Con la primera nace un vínculo y un simbolismo. Aprendes a practicar un nuevo deporte que te deja lleno de satisfacción y orgullo al dominar. Y da igual que sea en el parque, en el campo, en la calle o en tu propia casa.

Al principio te fijas en el físico. En su silueta. En su delantera y su trasera. Si sus ruedas tienen la piel de carretera o de campo. En su pose. Pero pronto empiezas a fijarte en los pequeños detalles. Esas manías nimias que tiene como cuando descubres que en el cambio del tercer al cuarto piñón tienes que tener un poco mas de tiempo la palanca accionada porque si no se sale la cadena; o esas muletillas cotidianas como el rítmico sonido del roce de la cadena cuando llevas el plato grande; o ese “click” como si fuese un gemido, cuando fuerzas demasiado la suspensión delantera. Y la tratas con cariño, porque es tuya. La mantienes, la cambias los hábitos para que la monotonía no haga estragos. Si necesita un nuevo complemento, se lo compras, para que sea feliz. La engrasas, la cambias las pastillas de frenos o la regalas un nuevo sillín. Porque en el fondo su felicidad es la tuya.

Sin embargo el machismo continua corroyendo la sociedad y la asociación de bicicletas maltratadas alza el grito al cielo. En un hotel de la ciudad escocesa de Ayr, Robert Stewart practicó sexo con una bicicleta en contra de su voluntad. Y la justicia lo ha incluido en la lista de agresores sexuales.

Cuando leí la noticia recordé que en mi adolescencia experimenté en ese inmenso mundo que es la masturbación. Y exploré formas y formas de sentir placer. Desde rozarme con la sábana (con su consentimiento) a hacerlo bajo el agua o en entre los arbustos del parque, buscando el morbo. En mi salón tenía una minicadena Sanyo cuyos altavoces llevaban dos agujeros para la salida de graves. Uno de ellos era grande y tenía las medidas adecuadas para que encajara mi pene. Cuando me quedaba solo, me ponía una película porno (aquella mítica cinta VHS de cuatro horas que en la pegatina aparecía escrito “concierto de extremoduro” y que contenía “la máquina del sexo”) y cuando alcanzaba el grado necesario de excitación, agarraba mi altavoz y echaba un poco de lubricante a la salida de graves. Me tiraba a mi altavoz mientras éste seguía emitiendo los gemidos y reclamos de los actores de la película. Se podría considerar mi primera vagina artificial. Aunque el altavoz, por ser un objeto inanimado, no podía dar su consentimiento a tan placentera y poco ortodoxa relación sexual. Eso sí, los animales sí pueden dar su consentimiento.

Y me pregunto, ¿Robert estaría enamorado de su bicicleta o solo fue un calentón? Se dice que el sexo sin amor es una masturbación asistida. Y si no hubo amor ni consentimiento, Robert obligó a una bicicleta a practicar sexo violando todas las leyes de la moral y el sentido común. Volvería a cometer uno de esos locos actos que provocan la sobredosis de líbido y que no compartiría con nadie mas, no vaya a ser que le tacharan de chalado y degenerado aunque todo el mundo tenga extravagancias del mismo calibre en su currículum. Incluso es posible que previamente usara la violencia con ella, para someterla. Hoy es un día triste para las bicicletas. Y como maltratador, ahora Robert figurará en esa lista de proscritos ruines a merced del despiadado juicio del público. En la lista no aparecerá el delito, ni nadie se lo cuestionará. “Si esta en esa lista, por algo será” pensarán sus vecinos.

Ahora cuando salga a la calle, las mujeres le mirarán con recelo y le señalarán con el dedo. Quizás con el mismo dedo que horas antes ellas usaron para masturbarse. Y Robert tendrá que apelar a la estupidez humana y alegar: No es lo que parece.

El dia mas salido de mi vida.

Una baza, creo que recordar que por abril o marzo, quedé con Basi un domingo para ir a ver la Formula Uno a su casa. Era casi un ritual que ahora ya no se practica. Llegaba por la mañana, tomábamos un poco de café y un bollito. Nos hacíamos un peta y nos echábamos un vicio a algún juego. La noche anterior tuve una juerga de esas gordas. De esas que te dejan una resaca extraña, no incómoda. Una resaca de risa de tonta, de relax y calma.

Cuando empieza el previo de la carrera, empezamos con las cervecitas. Un porrito para la salida, otro para el primer sting, otro para el segundo sting y si acaso algún otro por algo excepcional como la celebración de un adelantamiento espectacular, una hostia, un error… etc. Entre peta y peta, cerveza. Y los dos disfrutando. Una vez acabada la carrera, comemos (bien pizza o algo que tenga hecho…) y tras habernos asegurado de hacer la digestión, regresaba al hogar.

Habia veces que me podia tirar en su casa hasta casi la noche, porque bien nos poníamos a ver alguna peli, a echarnos mas vicios, a charlar o a tocar un poco la guitarra. O todo junto. Pero el dia en concreto al que me refiero, me fui alrededor de las 5 de la tarde.

La cuestión es que se produjo una mezcla curiosa. Por un lado la resaca. Por otra parte una mezcla de sueño después de haber comido y de haber un fumado unos petillas pero despierto por haber bebido café. Mas el contentillo de la cerveza. Se mezclaron efectos y sensaciones muy variadas y, vete a saber por qué, me puse increiblemente cachondo. ¿Cachondo? Nunca me había sentido tan salido. Era algo sobrenatural, rozando lo enfermizo. Tenia la polla a punto de explotar. Iba por el metro y no podia mirar a nada minimamente femenino. Obsexionado. Ni por un solo instante podía evadir mi mente de pensamientos lascivos. Por un momento tuve la tentación de irme de putas. Pero mi conciencia objetaba. Y el morbo salió a escena y me sugirió una idea bastante excitante en ese momento. Estrenarla. Aguanté la media hora de suburbano como pude y según llegué a casa hinché a Jesmar. Después de desfogarme, me eché una siestecita. Y tan agusto.

 Jesmar

Fanbulasías…

Un amigo me enseñó que la densidad de bello en el antebrazo de una mujer delata la densidad de bello en la entrepierna de dicha mujer. Uséase: Cuanto mas pelo en el antebrazo, mas felpudo en el coño. Muy distinto es que luego la fémina en cuestión haga uso de las tijeras o de herramientas mas drásticas como la cuchilla de afeitar. Un servidor una vez, a causa de un chantaje sexual no del todo especificado, tuvo que afeitarse el sacrosanto boscaje donde mora el aparato reproductor en contra del 49% de su voluntad. La estadística democrática es viable hasta en mi parlamento cerebral. Las semanas que sufrí después solo podrían calificarse de tortura. Solo descriptible con palabras como picor, horror, suicidio… Ademas de la vergüenza social de, casi, poder leer la mente a la gente que te miraba estupefacta y parecía pensar: ¿Que le ocurre a ese chalado que tiene una mano metida en los pantalones? ¿Y todo para que? ¿Para engañar a la vista y parecer que tengo la polla un poco mas grande? La moraleja es obvia, ¿verdad?

Solo he tenido una única vez la predisposición, la excitacion necesaria para poder atreverme a probar algún tipo relación sexual (no anal) con otro hombre. Solo una vez. Y al final se quedó en una mera fantasía. Era moreno, delgado, guapo e increíblemente femenino. Tenia piel de mujer, trasero de mujer, andar de mujer. Y obviamente mis libidinosas fantasías eran pura y estrictamente sexuales. Solo una vez. El resto de la veces he deliberado en profundidad acerca de aquel precepto: “Para rechazar algo primero has de probarlo” Y sin embargo el mas mínimo resquicio de idea homosexual, me repele. Podría decirse que soy un hetero al 100%. Para mi desgracia. Ahora miro atrás en el tiempo, y sin caer en la desesperación, mas orgullo, pues quizá como aquel sabio francés me conformo con lo que tengo porque nada me satisface, tengo la sensación de haber estado a punto de cometer un error que finalmente no cometí. Yo sabia que no debía depilarme, aunque no supiese muy bien la razón, pero si no, no había sexo. [prejuicio machista] ¿Porque las mujeres se acuestan contigo pensando que las tienes que agradecer, o dar algo a cambio por ello? [/prejuicio machista] Ahora creo que la excitación puede ser mas poderosa que la necesidad.

La moraleja es obvia, ¿verdad?

Actualización:

Una amiga me recuerda que “bello es vello” Y aquí dejo constancia de tan contundente error para bajar ese orgullo y no olvidar de leerme, al menos una vez, lo que escribo.