Resaca

Anoche volví a casa. Me encontraba borracho y camino de regreso me concentré en los turbios manantiales del espacio-tiempo convencido de que andaba sobre mis propios pasos, émulo de pulgarcito, pisando las huellas indelebles que esparcí por las entrañas de la ciudad.

Ahora floto sobre nostálgicas corrientes de seda y el aire ingrávido mece mi cabeza. La almohada esta lejos, muy lejos de mi cerviz. La luz es difusa, incluso me atrevería a afirmar que es intangible. Me recreo en suculentos manjares –antaño fueron- que mi olfato discierne de ese manantial ácido, acre y glauco que recién moraba en mi estómago. Expando mis brazos plagiando poses de martirio. Soy solo. El edredón huye de mi soporífera presencia y la cama me impele dispuesta a expulsarme de sus dominios. Lánguida la ciudad a saludarme por la ventana asoma. La tierra tiembla y se estremece con cada parpadeo. No se asusta la cocina en dejar ver gárrulas lápidas de alimentos, ni fosas. Perecedero y rema y rema por ríos de sangre en mi interior. La lluvia me observa desnudo y se acerca por toscas tuberías impregnandome con su revitalizante frescor. Mis labios inauguran el angosto desierto de mi lengua y el agua serpentea por la garganta tan sedienta como la piel.

Adoptaré una posición estática sobre el sofá y me recriminaré en autotortura los desalentadores presagios del día venidero. Esbozaré recuerdos futuros del tronador gallo mecánico vaticinando la emersión del sol. Es domingo. El sol está en su cenit. Y el tiempo transcurre del revés. Sé lo que ocurrirá mañana, pero ignoro lo que ocurrió anoche.