En algún lugar ignoto
escondo en mi domicilio
a mi espejo, mis sandalias
y mis besos en exilio.

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Pedazos

Solo soy una férrea estructura de ideas compuesta por frágiles pedazos de amor.

 

 

Aquí están los pedazos, de regreso al calor de la forja. Tupidos, caramelizados, vestidos con la fragancia de la desazón. Escondidos a la luz del día bajo la sombra de tu duda esquiva. Aquí están los pedazos. Enterrados con descaro desacierto, como el cofre de un pirata en el desierto, cual nenúfar posado en el pantano. Se sostienen suspendidos en el vacuo intermedio de una distancia interestelar, cosechados, uno a uno, noche a noche, del calor de tu ausencia en el lecho. Arrancados del incólume arrebato de la impaciencia. Tentando cada palmo de prosaica entrega. Aquí están los pedazos incansables, que una vez fueron uno. Rotos no, separados. Deconstruídos lentamente. Esperando.

Aquí están los pedazos. Custodiados por ángeles indemnes que pelean enfrascados en la lucha milenaria contra el devenir de los tiempos. Son los pétalos de la flor que deshojo a la vera de Caronte. Los pedazos son mi obsequio, mi pretérita ofrenda, mi apuesta contra el cosmos. Envuelta como un regalo con el papel mojado de mi piel sedienta. Son los diezmos de los dioses por el milagro de tu presencia. Son los pulmones que respiran tu existencia.  Son el contorno de tu cuerpo, las esquirlas de tu alma. Como escamas desprendidas del vello ya extinguido, que mudan y mudan y mudan. Como fragmentos escindidos de la luna. Como un reloj despiezado que mide cada segundo el tiempo de tu distancia. Aquí están mis pedazos.

Tu cariño es el nexo infuso, la argamasa que compila esta extraña arquitectura. La fragua donde se funden la calma y la agonía y dan sosiego y fortaleza a mis deudas y favores. Es la espada que cercena mis fantasmales pavores. Es la meta, la recompensa y la razón de mi existencia. Es el cordón visceral que me conecta al infinito.

 

Aquí están los pedazos, en este jardín desvencijado repleto de pasado y futuro. Son todo tuyos, para que los unas como juzgues oportuno.

La vida del padre moderno

Aquí estoy de nuevo, en este blog que ya casi se podría considerar de publicación trimestral, para decir que sigo vivo (que no es poco) y que no he olvidado mi espejo, aunque eso si, no he encontrado muchas ocasiones para mirarlo.

Jacobo ya nació. El 3 de octubre a las 10:00 de la mañana.  Nació con una cabeza de tipo “Alien”, amelonizada exprofeso para salir por ese estrecho

ejemplo de cabeza de alien

ejemplo de cabeza de alien

pero superdilatado conducto que, demostrando la condición paradójica de la existencia humana y de la ley de la acción-reacción, provocó tanto dolor a la madre en su salida como placer a la entrada.

Nació sano y lloró tal como explicó Shakespeare. Pesó 3.200 gr y ostentó en su llegada al mundo unos cojones de proporciones bíblicas que nada tendrían que envidar a los ampliamente famosos órganos reproductores de la progenie archidonesca, que por desgracia para nuestro orgullo parental no eran tal, sino una acumulación de líquidos muy frecuentes en los neonatos. Come mucho, esta muy gordo y le queremos mucho.

Por lo demas he de añadir que la canción es la misma desde hace milenios: el niño no solo llora porque tenga hambre, sino porque básicamente es lo único que sabe hacer. Y tiene que hacer algo. Es un llanto estridente, cansino y duradero. No sirve de nada tu pelotita anti-stress. El único uso que se te ocurre es incrustárselo en la boca para que si al menos no se calle, amortigüe su sonido.

Quizá alguien se pregunte ¿estará hablando en serio? ¡es su propio hijo! Estoy hablando completamente en serio. En esos momentos, que pueden abarcar fácilmente 26 horas al dia durante las primeras semanas, el hecho de que ese ser frágil e improductivo sea tu hijo solo es una cualidad irrelevante que no aporta ninguna solución a la ira y la desesperación que invade cada esquina de tu cuerpo. La angustiosa espera que supone la esperanza de que en algún momento, tarde o temprano se dormirá, solo es comparable a la que padecí esperando los estrenos en el cine de las películas del señor de los anillos. Y eso que lo digo yo, el padre, que afortunadamente está privado de ciertas y agotadoras funciones y queda relegado a la cómoda pero impotente posición de observar el espectáculo del tan conocido vínculo madre-hijo. Y mejor que sea así, pues ella es mas paciente que yo para estos menesteres.

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Paradojas

Ella nostálgica aceza:
“ya no me escribes”
Él la mira. No contesta, no cede.
Él cuando observa a su musa
sucumbe al hechizo de verla.
Como el griego y la medusa.
Como un pez atrapado en las redes.
Y quiere escribir. Y no puede.
Ella nostálgica aceza:
“ya no me escribes”
Él la mira, se enamora y retrocede.
Él cuando observa a su musa
sucumbe al hechizo de verla.
Como el griego y la medusa,
Como un pez atrapado en las redes.
Y quiere escribir. Y no puede.