Microrrelato: El Sombrero

Microrrelato presentado en la 6ª edición del certamen que organiza el blog de Ana.

Me calcé la cabeza y me miré en el espejo. Me veía elegante. Camino del café me deleité saludando a algunos de mis hermanos. Mis trabajados canotieres de esparto. Los vanidosos bombines en el barrio comercial. Y viajando en el tranvía, plagado de boinas, vi tras la catedral alguno de esos antiguos solideos, que aun perduran ante la moda de la mitra. Evité el cuartel para no observar esos ros y quepis que tanta desazón me producen.

Cuando llegué al café enmudecí. Destacaba una pamela de ante, azul, adornada con plumajes exóticos. Seria maravilloso acariciar ese ala ancha. Una humilde pero hermosa toca nos sirvió un té, y platicamos. A la salida, nuestros bustos se acercaron, su alerón besó mi visera y sus plumas me hicieron cosquillas en la copa. Me enamoré. Perdí la cabeza.

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Normalidades

A mi… me pasa una cosa, cuando voy por la calle. Me encuentro a gente. Y, y… y creo que, cualquiera, cuando camino por la calle, creo que alguno de ellos, va a sacar un cuchillo y, cualquiera que este andando por la calle, y me lo va a clavar en la tripa. No se si es normal. ¿Que es normal? ¿Es normal lo que nos parece normal? Lo único que te debe importar es una cosa: ¿que beneficio saca él? Porque todo el mundo saca un beneficio.

Una de las muchas reflexiones del personaje paranoico de la película que mejor ha descrito el capitalismo hasta ahora. Ese capitalismo social, personal, deshumanizador. Es pura poesía, una metáfora construida con metáforas mas pequeñas y esbozos de las personalidades humanas (sostenidas por unos soberanos diálogos y unas magistrales interpretaciones) Un lenguaje visual muy teatral, con mucho simbolismo, sin cámaras fijas, con muchos planos de cerca y saltos de eje. Una obra maestra.

Relato Excesivo

Esta carta no la leerá nadie. No porque nadie quiera leerla o porque la esconda. En algún recóndito lugar de este universo, quizá en alguna de esas dimensiones de las que hablan los físicos, sé que esta carta la leerá todo el mundo. Esta declaración nunca será firmada, y aunque reconozca la verdad y quien soy, nunca nadie sabrá la verdad, ni quien soy. Tampoco pretendo hacer de esta confesión un desahogo o un relato literario. Solo afirmo que la historia que voy a contar sucedió. Solo quiero decir que tras el hecho simple y juzgable, existe una historia y una causa.

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El beso y el viento

El viento que roza tus labios es lo único que me queda. La piel se me eriza, “piel de lagarto” debieran llamarlo si me conociesen. De todas las pieles del cuerpo, repertorio de gran variedad que juega al gusto de cada cual, los labios son los únicos que permanecen inmutables ante el contacto. La piel de mi cuello y de mis brazos se me eriza cada vez que pienso en una ráfaga de viento esquivo. La piel de los labios es. Abro la boca y dejo que el aire musite los sonidos oprimidos por el tiempo: BESO. Hacía tanto tiempo que no lo pronunciaba…

Aún recuerdo el aroma de la saliva, divinos fluidos de carne y sentimiento. Beso. Las comisuras húmedas, liquido suave y lengua sedosa. Beso. Saliva en exilio. Beso. El estómago se encoge cuando escuchas, sientes, los impulsos del aire, pasión prófuga huyendo por la nariz. Besos in memoriam. Pretéritos recuerdos. De bienvenida y despedida. Prohibidos, anhelados y concedidos y burocráticos, reflexivos, progresivos y desiderativos. Todos huelen a saliva, impresa en el viento como el beso en el recuerdo. Llevo tanto tiempo recordando un beso…