RELATO: El plagio de mi vida

Mi editor me llamó por teléfono, quería invitarme a un café. Era un acontecimiento extraordinario y supe ipso facto que algo bueno o malo ocurría. Me mantuvo al margen desde el principio. Ni siquiera cuando el departamento legal de la editorial se lo comunicó me consultó si era cierta aquella acusación. Él reconocía mi estilo. Él estuvo presente durante todas las fases de su gestación. Él la escribió conmigo. Con gesto de preocupación posó su mano en mi hombro y cara a cara, arrojó el puñal a mis oídos. Lo primero que pensé, es que en estos menesteres, es mejor ser robado que ladrón.

Aquel dia llegué descompuesto a casa. La injusticia a la que me veía sometido me arrebató la inspiración y el ánimo de seguir escribiendo. Durante semanas no volví a recibir ninguna noticia. Llamaba a mi editor, y él, sin mostrar mucho esmero en parecer tranquilizador, me instaba a esperar expectante su llamada. No transcurrió mucho tiempo hasta que mi esposa percibió mi agonizante inquietud. Me reprochó el desasosiego, mis largas miradas perdidas, mi inactividad sexual. “Ya no escribes” sentenció. Y con esa frase  sucumbí a la confesión a la que estaba condenado. Pero mi orgullo y mi amor me impedían revelarle la verdad. Un solo atisbo de su duda podria derrumbar los frágiles pilares de nuestro matrimonio, erosionados por el lento devenir del tiempo. Que irónica situación. Debí haberme casado con mi editor. En vez de contestar que una multinacional alemana había demandado a mi editorial por plagio y que un juez habia dado orden cautelar de no publicar nada, le conté una cochambrosa mentira acerca de las finanzas de la editorial, que no arrojaban cifras alentadoras .Que quizá en unos meses entrarían en suspension de pagos y que lamentablemente, mi última novela, no podria salir a la calle. Que habría que volver a gastar los escasos ahorros que tenía.

Ella alegó que lo mas apropiado sería contactar con otras editoriales y yo no supe que replicar ante tan devastadora lógica. Mi imaginación no pudo encontrar una coartada y comprendí que solo sé mentir por escrito. Esa noche me senté frente al ordenador y comencé a escribír mi próximo relato. Un relato que hablara de como la crisis alcanzó a una pequeña editorial que se vio obligada a plagiar sus publicaciones para seguir existiendo y de un escritor que para no soportar la verguenza de haber plagiado, mintió a su mujer diciendole que su editorial habia quebrado.

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