Relato Excesivo

Esta carta no la leerá nadie. No porque nadie quiera leerla o porque la esconda. En algún recóndito lugar de este universo, quizá en alguna de esas dimensiones de las que hablan los físicos, sé que esta carta la leerá todo el mundo. Esta declaración nunca será firmada, y aunque reconozca la verdad y quien soy, nunca nadie sabrá la verdad, ni quien soy. Tampoco pretendo hacer de esta confesión un desahogo o un relato literario. Solo afirmo que la historia que voy a contar sucedió. Solo quiero decir que tras el hecho simple y juzgable, existe una historia y una causa.

Se que soy un héroe, y como los verdaderos héroes, continuo vivo sabiendo que mis hazañas no serán reconocidas por nadie. Nadie conocerá mi nombre, ni ningún día del año será fiesta nacional en mi memoria. Mis enemigos difamarán mi linaje, profanarán mi tumba y silenciarán a todos aquellos que optaron por darme un voto de confianza. Ahora, que ya he descubierto que no nos llevamos nada de la muerte, elijo vivir en el sosiego de mi propia vanidad. Elijo haber hecho lo correcto bajo la relativa escala con la que mido las cosas. Elijo ser un Héroe.

Asesiné a Carlos Ruipérez porque era un hijo de puta. Vivía para hacer daño, hablaba para decir mentiras, estudiaba para odiar más y ganaba dinero para odiar mejor. Ignoro porque lo hacía, no es mi intención juzgarle. Carlos carecía de moral y de empatía. Cualquier excusa era buena para odiar. Odiaba porque eran más estúpidos que él, más listos, porque eran más pobres, porque no le obedecían o porque no tenían los mismos gustos. Si hubiera tenido oportunidad, hubiera llegado a ser dictador. Creía estar por encima de todo el mundo en todos los aspectos, se jactaba de si mismo, como concepto. Se jactaba de su propia ignorancia.

La gente le odiaba, y como lo percibía, odiaba aun mas si era posible a los que le rodeaban. Quizá estuviera loco o estaba harto de vivir sin conocer la razón de su existencia. Quizá por odiar, odiaba a toda la raza humana, seguro que no le faltaban motivos. Es posible que en su infancia hubiera conocido el egoísmo, la hipocresía o la violencia en su más pura manifestación. Es posible que en su infancia hubiera descubierto el oscuro placer de quemar vivo a un perro o neblosos placeres sexuales. Disfrutaba haciendo daño, y cuando lo hacía, no preguntaba el porqué.

No recuerdo cuando decidí asesinarle. Ni siquiera recuerdo cuando comencé a sopesar la idea mas allá de una fantasía. Lo único que recuerdo es que aquel día llegué a mi oficina, inquieto, porque el día anterior en un arrebato de furia había, literalmente, mandado por culo, pero con respeto, a un cliente importante, o mejor dicho, un cliente con dinero, que creía que por pagar mas, tenía derecho a faltar el respeto.

Carmen, la secretaria, se acercó a mí con el semblante preocupado. Me solicitó con ese tono de voz prepotente y grotesco que fuera a ver al señor Ruipérez porque quería discutir conmigo un asunto importante. Al principio sentí miedo, me puse nervioso. Pero cuando me acerqué a su despacho y discerní entre las láminas del store la silueta abyecta del señor Ruipérez, una sensación de ira comenzó a carcomerme las entrañas. La imagen de aquel cliente se fusionó con la de Ruipérez, con la maquiavélica sonrisa del banquero que aprobó mi hipoteca, con el rostro de mi patética vida. Toda la humanidad se concentró en una sola imagen, en un solo olor y en un solo sonido.

Cerré la puerta. Me hervía la sangre. Quería gritar, destruir el mundo. Quería matarle. Quería que dejase de existir. Y esa rabia, esa inquina que recorría mis entrañas se me antojó divina. Como si de una iluminación mística se tratase, mi furia se entremezclaba con la confianza y sentía que solo tenía que liberar mis impulsos, que debía hacerlo. Mis impulsos me llevaron a llamarle “hijodeputa”. El rostro que ostentó después era merecedor de un retrato. Durante un instante dudé y me sobrevino un amago de arrepentimiento, que se disipó instantáneamente al observar el rostro de Ruipérez y corroborar que no solo era un hijo de puta, si no que además lo aparentaba. Así que sin mediar palabra, raudo, agarré un bolígrafo de la mesa, me lance hacia él y se lo clavé en el ojo. Rápidamente empezó a sangrar y a gritar. Coceaba como una yegua en celo. Mientras intentaba reducirle cogí el abrecartas y, poseído, me ensañé a puñaladas. Ahí estaba el desgraciado. Tirado en el suelo. Enredado con su silla en una incomoda postura. Todo quedó en silencio, la paz reinaba en el exterior y el sosiego en mi interior. Cuando recobré el sentido y fui consciente de mi impulso ya era demasiado tarde. Recapacité, hice acopio en mi mente de todas aquellas películas, y detectives. Y algún que otro articulo que me sabía del código penal. Por un momento pensé que había cometido un error, que me había buscado la ruina. Pero sentí una tranquilidad, una placentera sensación de haber hecho una heroicidad, me aferré a ella y a mi orgullo. ¿Que más tenía que perder, que cosa horrible habría de ocurrirme, si ya había matado al más gran hijo de puta que conocí en mis 35 años de existencia?

Me di cuenta de que ya podía morir tranquilo. Me lo agradecía a mi mismo, y me dije: “Lo hecho, hecho está, ahora para adelante. Soy inteligente, estoy preparado para esta situación, nunca mas volveré a ser presa del miedo.” Me quedé exhorto unos segundos con la mirada perdida en el charco de sangre. Sólo unos segundos.

Rápidamente cerré las cortinas cuando se abrió la puerta y entro la secretaria. Su cara de sorpresa ante aquel cuadro dantesco mutó progresivamente hacia el espanto. Solo se veía desde su posición las piernas de Ruipérez, pero la sangre que vestía el suelo y mis manos la llevarían a una sola conclusión. El impacto la paralizó, supongo que su estúpido cerebro de come pollas no era capaz de procesar la información. No me lo pensé dos veces, no me lo pensé siquiera una sola vez. Antes de que gritara o saliera de la habitación le agarré por la garganta, le tapé la boca y le rompí el cuello. Fue un movimiento brusco, más eficaz y rápido de lo que me imaginaba, como algo prodigioso. Intentó oponer resistencia pero su delicado y enjuto cuerpo no podía rivalizar con mi complexión. Sus gritos enmudecidos fueron breves e inconclusos.

Era parte del precio. Aquella zorra vil, con su voz armoniosa y su cómplice hipocresía había colaborado desde la sombra, como un ángel caído, en tantas y tantas tretas de su fallecido canciller. Puta ignorante, en su posición de dominio sexual con sus faldas ajustadas y sus tetas, prominentes, para luego hacerse la estrecha. Era parte del precio.

Me adosé a la puerta, por si los forcejeos o ruidos hubiesen alarmado a alguien más. Durante cinco minutos no se escuchó nada y me asomé entre las rendijas del store. Ahí estaban, como borregos, trabajando apaciblemente en sus cubículos capitalistas. Tenía tiempo para calmarme, para pensar un plan. Lo importante ya estaba hecho, pero podía engalanar aquella hazaña saliendo indemne de una situación tan embarazosa. Sería el premio a mi valor y visión. Y la miré. Sin nada que perder. Me bajé los pantalones dispuesto a comprobar si era tan puta como aparentaba. Desnuda ganaba más, y muerta, su cara pérfida y pútrida tenía un matiz distinto. Sin contar con el incentivo de experimentar mi primer acto de necrofilia. Posiblemente hallé el valor sabiendo que sería el último polvo. Que zorra, tenía el coño depilado. Rápidamente se me empalmó. Extraje de su bolso la crema para las manos, me puse un condón y la unté. Me la follé. Por los dos lados.

Tras liberar energía no resuelta, mucho más lúcido, comencé a ejecutar mi plan de escapatoria. Desconecté los teléfonos, apagué sus móviles, me aseguré de no dejar rastros o huellas dactilares y bloqueé la puerta. Esperé pacientemente hasta la hora de comer, donde podría salir de la habitación sin llamar la atención. Y como aún quedaba tiempo hasta entonces, me volví a follar a aquella zorra inmunda.

Cuando llegó la hora D salí, aparentando normalidad, y como si no hubiera ocurrido nada extraño me dirigí sosegadamente al ascensor. Uno de mis excompañeros me dirigió la palabra. – ¿sabes donde esta Ruipérez?, no sabemos nada de él- Le respondí que no sabía y me preguntó que por que salía de su despacho. Le respondí que entré para ver si estaba. Conseguí engañarle compartiendo con él mis inquietudes, suponiendo que habría ido a ver al cliente con el que ayer no hubo entendimiento. Le despedí con el tópico “bussiness is bussiness” y me marché, sorprendido de haber salido tan airoso. En el ascensor recapacité sobre lo ocurrido, la locuacidad con la que había reaccionado, la simple y efectiva ardid con la que había engañado al personal y a la vez dispersar cualquier sospecha hacia mí. Mi naturalidad. Una perversa sonrisa empezó a aflorar en mis labios y cada segundo que transcurría mas poderoso me sentía. Más determinado. Como si descubriera mi función en este mundo. Mi don. Mi destino. Nadie me detendría.

Me dirigí al garaje y salí en el Mercedes de Ruipérez. Con un coche como éste no tendría lumbago ni hemorroides el muy cabrón. Era una sensación extraña, ya no sentía la necesidad de llamarle hijo de puta. Su recuerdo ya no provocaba ira, solo risa. Una carcajada silenciosa, un orgullo de victoria que me embaucaba el corazón cuando palpaba el ante de la palanca de cambios… como si fuese observado por su dueño. Esto había que celebrarlo. Paré en una gasolinera y compré una botella de chivas. En el cajero automático saqué dinero, antes de que me bloquearan la tarjeta de crédito, y conduje destino al aeropuerto.

Tarde o temprano descubrirían los cuerpos. Indiferentemente de que hallaran pruebas, huellas, semen o pelos míos; interrogarían, investigarían, y no debía ser optimista. Era consciente de que en cuestión de horas podían estar buscándome, como a los delincuentes famosos. Que ilusión. ¿Y porque habría de huir? Huye el que teme, y yo no temía a nadie. Ya había hecho lo que tenía que hacer en esta vida y no tenía miedo ni a la cárcel ni a a la muerte, ni mucho menos al juicio de los mortales. Di media vuelta y me dirigí al hogar, aunque solo fuera para darle un último adiós a mi esposa y para que mis hijos pudieran comprobar el orgullo de tener un padre ejemplar como yo.

Me acerqué sigilosamente, quizá la policía estuviera esperándome, en cualquier caso no me interesaba que ningún vecino me viera, en especial La Carmela, una marujona doctorada. Inserté lentamente la llave y abrí la puerta con delicadeza. Los críos aun estaban en el colegio. Musité el nombre de mi esposa, pero no hallé respuesta.

Podría haber sido un hombre joven, apuesto, amable y con una buena polla. Pero cuando abrí la puerta del dormitorio me encontré a un gordo de no menos de cuarenta y cinco años, sin afeitar. Aun desnudo podía ver como era un cuerpo hecho para portar un vestuario mediocre. Mi mirada de indignación y asco se cruzó con su vulgar semblante. Nos miramos a la cara y sin decir palabra comprendimos que en aquella habitación estaban las únicas personas del planeta capaces de acostarse con un engendro como mi esposa. Mi rostro se acongojó como solo el de un traicionado puede. Triste y abatido cerré la puerta y me dirigí a la cocina. Justo cuando iba a soltar una lágrima, recordé que ya no tenía miedo. Que era un héroe. Volví al dormitorio a decirle mis últimas palabras. O mejor dicho, sus últimas palabras.

“Cualquier otro día, me hubieran saltado las lágrimas, me hubiera marchado y hubiera buscado el bar mas cercano para emborracharme, olvidarme y rezar para no acabar en divorcio y arruinar la vida de nuestros dos hijos. Pero hoy no es un día cualquiera.”

Al tío le lancé la botella de Cardhu, de mas valía que él, desperdicio de whisky. A ella le rajé el cuello. El gordo se levantó, con un ribete de sangre colgando de la ceja pero un sencillo empujón lo devolvió a la cama, y allí, lo asesiné.

Escuché unas sirenas y el pulso se aceleró. Me asomé a la ventana del salón, que daba a la calle, y efectivamente dos patrullas estacionaban en mi portal. Las opciones disminuían y todo aparentaba volver al caos. Tenia que pensar en algo y rápido.
Encendí el horno y abrí la válvula de la bombona de butano. Salí por la ventana de la habitación de mi hijo, que daba al patio interior y encendí mi móvil. Con cuidado y equilibrio me desplacé entre los tendederos de la ropa y las cornisas, para situarme justo al borde de la ventana de La Carmona. Llamé a su casa y vi de refilón como se dirigía al salón para coger la llamada. En ese momento rompí el cristal y abordé el domicilio de aquella zorra. Solo tuve unos segundos, pero en ese efímero tiempo llegué a la conclusión de que mi vecina era completamente conocedora de mis cuernos, y aunque respeto esa opinión de no inmiscuirte en la vida ajena… bueno, nuestra vida no era ajena. Compartíamos comida, la mitad de los días mis hijos dormían en su casa… que hija de puta. En cualquier caso eso solo era un pretexto, porque sabía que a la altura de los acontecimientos, la iba a matar de todas formas. Al principio se asustó, pero rápidamente le clavé el cuchillo. Pensé en la secretaria, en mi mujer, en Carmela. Habría matado a cualquier mujer que en ese momento se cruzara en mi camino. Por un momento estuve a punto de llevar conmigo el cuchillo, pero ya no era necesario ocultar pruebas. Ahora sí había llegado el momento de huir. Me afeité la cabeza y me cambié de ropa. Salí de la puerta mientras dos policías con las pistolas desenfundadas llamaban con cierta impaciencia a la puerta de mi ex domicilio. Uno de ellos me exhortó para volver a mi casa, pero le grité, apurado, que era imposible ya que tenia que ir al trabajo. Salí corriendo, delante de sus narices y con su consentimiento.

Volví a montar en el Mercedes y apreté el acelerador con todas mis fuerzas mientras por el espejo retrovisor discernía el frágil reflejo de un policía volando por los aires y una cortina de fuego surcando la ventana de mi salón. Hubo un estruendo fortísimo, y me calmé sabiendo que tendría margen para pensar mi próximo movimiento. No podría huir en avión, ni en coche, ni en tren. Tenia que esconderme en un sitio seguro y esperar a que bajase la marea…No sin antes hacer una parada en la gasolinera y acabar esa deuda con el Cardhu.

¿Dónde me podía esconder? Casi como una iluminación del destino, lo vi claro. Jaime, hermano de mi esposa y con el que tenia muy buena relación, trabajaba en una central eléctrica en las afueras de la ciudad. Aquel lugar estaba prácticamente incomunicado. Podía llegar allí, contarle una mentira y conseguir refugio. A fin de cuentas, ¿quien me iba a buscar allí?

Cuando llegué, pregunté al guarda de seguridad por mi cuñado. Tardó un rato largo en aparecer. En ese tiempo mi angustia, la impaciencia y el miedo se apoderaron de mí. Tuve que concentrarme seriamente para no llamar la atención del guarda. Respiré hondo, tranquilo y ese instante le vi. Ahí estaba, disfrazado de quimera. Vestido con aquel uniforme de gala que usaba para las reuniones importantes. Riéndose, mirándome fijamente, deleitándose con el precio de mi homicidio. Pero Ruipérez no sabia que estaba dispuesto a hacer. Él no sabía que yo ya era un héroe y que no se me había olvidado. El odio volvió a inundar mi alma y con él la audacia del depredador. La euforia del triunfante. Le ignoré, consciente de que era solo producto de mi imaginación. Cuando me di la vuelta, Jaime arribaba.

-¿Qué haces aquí?
-Necesitaba verte
-¿Ahora? ¿Sin avisar? Espero que sea algo importante, estamos muy liados aquí con una avería en el suministro. ¿Estás bebido? Anda, acompáñame.

Misión cumplida. Me encontraba dentro de una central termonuclear, acompañado por una persona con máxima responsabilidad y acceso. Me condujo a unos vestuarios, y allí, fraternalmente me dio una palmada.

-¿Qué ocurre?, te veo… intranquilo
-Tu hermana… la he pillado con otro.
-Joder…, sabia que eso no iba a llegar a ninguna parte, que tarde o temprano lo descubrirías. Mira, voy a hacer una cosa rápida, y charlamos tranquilamente en la cafetería. ¿Te parece?

Aun no sabía como reaccionar cuando sonó un teléfono móvil, y obviamente no era el mío. Aún no había asimilado que estaba al corriente de las infidelidades de mi ex-esposa

-¿Dígame? Sí, soy yo. ¿¡Qué!? Pero… Dios santo…

Su mirada perdida me encontró, mezcla de pánico y sorpresa, y se tapó la boca con la mano. Me lancé a su cuello y presioné con tanta fuerza como es capaz de otorgar la ira de la traición. No tardó en morir. Agarré el celular, colgué la llamada y lo arrojé contra una pared. Ya todo daba igual. Me quedé mirando el cadáver sin pensar en él. Por un momento me detengo a reflexionar en la sinrazón de la existencia y de la entelequia humana. ¿Todo esto era capaz de conseguir la maldad de Ruipérez? ¡TODO ESTO PODIA PROVOCAR! Ruipérez era el reflejo de la humanidad que tanto detestaba. Ruipérez era la encarnación del mal que había condenado a nuestro mundo. Destruir a un ser tan vil no podría ocurrir sin un alto precio. Toda heroicidad épica requiere un gran sacrificio. No había vuelta atrás. Y en las películas, los documentales, y en la vida real, la bestia acorralada es aun mas fiera. Pues mi bravura es digna de ser vista por todos mis adversarios. ¿Acaso iba a dejar a mis hijos huérfanos, con el lastre de la vergüenza de su padre, incapaz de asumir su responsabilidad? No. Les daría el orgullo de seguir mi camino y formar parte de mi gesta.

Esta vez volvió a aparecer Ruipérez, quizá producto de la embriaguez, con el gesto acobardado del cadáver que será olvidado. Me detengo y le observo con suma atención. Reflexiono. La muerte de semejante engendro, no sólo debe ser física. Debe desaparecer de la memoria, desterrado al olvido. No le daré la oportunidad de ser un mártir. Y destruir a un ser tan vil no podría ocurrir sin un alto precio. La existencia de Ruipérez dejó un abismo de insomne depravación, como una plaga contagiosa, esquiva como la niebla, que había infectado con su hedor de mezquindad a toda la ciudad. Jaime, mi esposa…, todos eran consecuencias de la venenosa existencia de Ruipérez.

Alguien tenía que purgarlo.

Robé el pase de seguridad y me dirigí a la sala de control. Las centrales nucleares están diseñadas para ofrecer una garantía total ante un desastre radioactivo. Pero esas medidas, cuales fuesen, estaban planteadas para accidentes, no para actos deliberados.
Engañé a un guarda de seguridad, le llevé al vestuario y le asesiné. Quizá hubiera conseguido su pistola, que era mi pretensión, de un modo más sutil. Pero es más fácil registrar a los muertos. Cuando llegué a la sala de control, disparé certeramente a todos los científicos. Tres en total. Acopié todos los conocimientos adquiridos en el documental de National Geographic sobre la explosión de Chernobyl. Accioné el interruptor que apagaba el sistema de emergencia y desestabilicé un par de barras provocando un sobrecalentamiento en el núcleo. Y esperé.

Los mareos, el agotamiento y las ganas de vomitar son los primeros síntomas evidentes del escape de radioactividad. Y aquí estoy, escribiendo las últimas palabras de esta carta para explicar como salvé a la humanidad teniendo en cuenta de que quizá nunca se llegue a saber. En unos minutos la central explotará y con su fuego purificador y su espectáculo de luces, habré culminado mi proeza.

Maté a Carlos Ruipérez, hice lo que hice, porque alguien tenía que hacerlo

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